El hilo invisible del despojo: 5 verdades incómodas sobre la propiedad privada en Argentina
El hilo invisible del despojo: 5 verdades incómodas sobre la propiedad privada en Argentina
Bajo el camuflaje técnico de la "seguridad jurídica" y la supuesta urgencia por atraer inversiones, el Senado de la Nación hoy no debate simplemente una ley, sino la validación de un saqueo histórico.
La narrativa oficial intenta convencernos de que la defensa a ultranza de la propiedad privada es el único camino hacia la modernidad, pero tras ese lenguaje "neutral" se esconde una matriz de exclusión que el poder intenta blindar.
Aunque la presión social forzó al oficialismo a retirar los
puntos que facilitaban la extranjerización de tierras, esta es una victoria
apenas parcial. El despojo al pueblo por parte de los sectores dominantes sigue manifestándose bajo el blindaje
jurídico: un andamiaje diseñado para garantizar que la concentración del
territorio continúe operando a costa de los cuerpos y las comunidades que la
historia oficial ha decidido ignorar.
1. La propiedad tiene un color: La genealogía racial del
territorio
En el imaginario liberal, la propiedad privada aparece como
un derecho neutro y universal. Sin embargo, en Argentina y en toda América
Latina, el título de propiedad arrastra una marca de nacimiento violenta y
racista. El vínculo que une el pasado con el presente radica en en reducir la vida aun simple activo de mercado. La propiedad de grandes extensiones de tierra no
nació del mérito, sino de dos pilares de ignominia:
- La
conversión de personas en mercancía: El sistema económico que
fundó a nuestras élites se nutrió del tráfico y la explotación de personas
africanas y afrodescendientes, transformando seres humanos en capital
acumulable.
- La
privatización coercitiva de lo común: El despojo sistemático de
los pueblos originarios, cuya relación comunitaria con la tierra fue
destruida para convertir el territorio en un objeto de mercado.
Esta acumulación originaria es
su cimiento en la formacion de la nación. Las fortunas que hoy reclaman "seguridad" son las
herederas directas de un proceso donde la propiedad nació del arrebato y saqueo.
2. De Roca a la actualidad: El Estado como martillero de
tierras
La consolidación del Estado Argentino no fue un acto de civilización, sino un gigantesco operativo de transferencia de recursos hacia el capital transnacional.
Nos enseñan en la escuela "la campaña del desierto" allí se construye una de las mentiras ideológicas de la historia mitrista. Si había desierto por qué hacer campaña y no ocuparlo directamente? Nunca se enseñó quiénes fueron los ocupantes de ese "desierto".
Los apellidos de esa oligarquía local que se apropia de la tierra:
Aquella incursión militar sobre la Patagonia y el Chaco
funcionó como un operativo estatal de despojo sistemático para transformar los
territorios ancestrales de los pueblos originarios en latifundios ganaderos al
servicio del imperio británico y del capital financiero internacional.
Hoy, ese mismo espíritu de martillero estatal persiste en
quienes ven al país no como una nación soberana, sino como un lote de remate
para el mejor postor global.
Hoy tenemos la obligación de denunciar a quiénes beneficiará este nuevo despojo
Relacionado con la tierra y siguiendo este hilo histórico no podemos dejar de mencionar, en términos de dependencia, la reforma de la carta orgánica del BCRA y su relacion con el pacto Pacto Roca-Runciman (firmado en 1933 entre Argentina y Gran Bretaña) significó la subordinación formal y económica de la Nación a una potencia extranjera, cristalizando lo que el grupo político FORJA bautizó como el "estatuto legal del coloniaje".
El proyecto de ley actual pretende elevar la
"inviolabilidad de la propiedad" a la categoría de dogma sagrado. El
truco es simple pero perverso: se busca congelar la fotografía de un despojo
histórico para que nadie pueda cuestionar la legitimidad de los títulos. Al
blindar la propiedad tal como está hoy, se transforma una apropiación
históricamente ilegítima en un derecho divino e intocable.
Mientras la Constitución
Nacional reconoce la propiedad comunitaria indígena, la nueva normativa busca
ignorarla de facto, agilizando desalojos cautelares. El Estado pone así su
fuerza pública al servicio de la expulsión rápida, criminalizando la
resistencia de quienes habitan el suelo y convirtiendo la defensa del
territorio en un delito, mientras el negocio de bienes raíces se consagra como
la única ley suprema.
4. El fuego como herramienta de especulación inmobiliaria
La flexibilización de la Ley de Manejo del Fuego es quizás
la cara más cruel de lo que definimos como racismo ambiental. Al
eliminar las vedas que impedían el cambio de uso de suelo tras un incendio en
tierras rurales o humedales, la ley deja de proteger el ecosistema para
convertirse en un incentivo explícito para la especulación inmobiliaria y
agropecuaria.
El ciclo de violencia es evidente: el fuego
"limpia" el territorio de diversidad biológica y de poblaciones
molestas, abriendo paso al cemento o al monocultivo. Las víctimas de este
modelo son siempre las poblaciones campesinas, indígenas y rurales
racializadas, quienes sufren la contaminación por agroquímicos y terminan
siendo expulsadas hacia los márgenes de las grandes ciudades. Aquí, el fuego no
es un accidente; es un instrumento jurídico de desplazamiento.
5. Capitalismo anti americano: El perfeccionamiento de la norma
El proyecto impulsado por el gobierno entreguista y cipayo
de Javier Milei representa la etapa superior de este proceso
colonial. Estamos ante un capitalismo racial que ha perfeccionado la norma
jurídica para prescindir de las cadenas físicas; ahora, la cadena es la ley
misma. El territorio ya no se entiende como el hogar de una nación, sino como
un activo financiero transable en una pantalla de Wall Street.
En esta actualización del modelo colonial, la población
histórica de los territorios es tratada como "población descartable".
No hay lugar para quienes no generen rentabilidad inmediata en el mercado
global. La soberanía, bajo esta lógica, es un estorbo que debe ser removido
para que el capital fluya sin resistencia, profundizando un sistema donde el
derecho a existir queda subordinado al derecho a poseer.
Conclusión: Una deuda de soberanía
Lo que hoy se discute en los pasillos del poder no es una
reforma técnica, sino la profundización de una herida histórica. Cada hectárea
que se entrega, cada comunidad que se desaloja y cada humedal que se quema es
un clavo más en el ataúd de nuestra soberanía popular. La justicia racial y la
justicia territorial son inseparables: no puede haber una sin la otra.
En un país cuya geografía fue dibujada con la tinta del
exterminio y el reparto de tierras entre privilegiados, nos queda una pregunta
final que desgarra la narrativa oficial: ¿Es realmente posible hablar de
"justicia" en un marco legal construido minuciosamente sobre los
huesos de los desposeídos?
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